Por: Brenda García
El Salvador, junio 2026
Introducción
Cuando pensamos en Pentecostés solemos recordar el viento impetuoso, las lenguas de fuego y la diversidad de idiomas que aparecen en el relato de Hechos. Sin embargo, en el corazón de este acontecimiento existe una afirmación que continúa interpelando a las comunidades cristianas de nuestro tiempo: “Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y sus hijos y sus hijas profetizarán” (Hch 2,17).
Esta promesa no constituye un detalle secundario. Representa una transformación profunda en la comprensión de la autoridad, la palabra y la participación dentro del pueblo de Dios. Desde esta perspectiva, Pentecostés puede leerse como una experiencia de democratización de la palabra, de recuperación de la memoria y de apertura a voces que durante siglos han sido marginadas o silenciadas.
Pentecostés y la democratización de la palabra
El relato de Pentecostés suele interpretarse como el nacimiento de la Iglesia. Sin embargo, también puede leerse como el surgimiento de una nueva forma de comunidad, marcada por una transformación profunda de las relaciones de autoridad dentro del pueblo de Dios.
Antes de la llegada del Espíritu, la comunidad reunida en Jerusalén estaba compuesta no solo por los apóstoles, sino también por mujeres, por María la madre de Jesús y por otros discípulos (Hch 1,14). Este detalle no es secundario. Desde el comienzo, la comunidad que recibe el Espíritu es diversa y plural.
Cuando finalmente acontece Pentecostés, el Espíritu se derrama sobre todos los presentes (Hch 2,4). No se concentra en una élite religiosa ni en quienes ya poseen autoridad reconocida. La experiencia fundante de la Iglesia aparece así vinculada a una lógica de participación que desafía las estructuras tradicionales de exclusión.
Para explicar lo sucedido, Pedro recurre a la profecía de Joel: “Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y sus hijos y sus hijas profetizarán” (Hch 2,17). Esta afirmación constituye la clave del acontecimiento. La capacidad de anunciar, interpretar y discernir la acción de Dios deja de estar reservada a unos pocos y se convierte en una responsabilidad compartida.
La referencia explícita a las hijas resulta especialmente significativa. En una sociedad marcada por estructuras patriarcales, las mujeres aparecen reconocidas como sujetas de la acción del Espíritu y participantes de la misión profética del pueblo de Dios. Profetizar no significa predecir el futuro, sino interpretar la realidad desde la justicia de Dios, denunciar aquello que amenaza la vida y anunciar horizontes de esperanza.
Desde esta perspectiva, Pentecostés representa una auténtica democratización de la palabra. La revelación ya no puede ser monopolizada por un grupo particular, porque el Espíritu se manifiesta a través de voces diversas.
Mujeres, memoria y comunidad
Si Pentecostés democratiza la palabra, también nos invita a preguntarnos quiénes conservaron esa palabra. Antes de la expansión de la Iglesia y de la redacción de los evangelios, hubo personas que mantuvieron viva la memoria de Jesús y de su proyecto. Entre ellas, las mujeres ocuparon un lugar fundamental.
Los evangelios muestran que acompañaron a Jesús desde Galilea, permanecieron junto a la cruz cuando otros huyeron y fueron las primeras testigos de la resurrección. Su presencia no es un detalle secundario. Aparecen precisamente allí donde la memoria de Jesús corría el riesgo de desaparecer.
Por eso Pentecostés no ocurre sobre una comunidad sin historia. El Espíritu desciende sobre personas que recuerdan las palabras, los gestos y la práctica liberadora de Jesús. En ese proceso, las mujeres desempeñan un papel esencial como transmisoras de memoria y constructoras de comunidad.
La memoria también es una forma de resistencia. Recordar significa negarse a aceptar que la injusticia, el olvido o la violencia tengan la última palabra. No puede haber profecía sin memoria, porque toda esperanza necesita recordar que otro mundo es posible.
La disputa por la palabra hoy
Si Pentecostés anuncia una comunidad donde hijos e hijas reciben el Espíritu y participan de la tarea profética, la realidad actual muestra que la disputa por la palabra continúa. Aunque las mujeres han conquistado espacios en la academia, la política, las iglesias y la vida pública, persisten mecanismos que condicionan quién es escuchado y quién es reconocido como autoridad.
Esta realidad es especialmente visible en la producción de conocimiento, donde muchas experiencias y saberes continúan siendo considerados secundarios. Algo similar ocurre en ámbitos religiosos donde la interpretación de la fe y la toma de decisiones siguen concentradas, con frecuencia, en espacios predominantemente masculinos.
La disputa por la palabra también se expresa en la invisibilización del trabajo de cuidado y en las distintas formas de violencia que limitan la participación plena de las mujeres en la vida social. Por ello, la pregunta central ya no es si las mujeres pueden hablar, sino si estamos dispuestos a escuchar lo que tienen que decir y a reconocer la autoridad que emerge de sus experiencias y luchas.
¿Dónde siguen profetizando las hijas?
La pregunta ya no es si las hijas siguen profetizando. La verdadera pregunta es si estamos dispuestos a escucharlas.
Siguen profetizando en las aulas donde producen conocimiento y cuestionan saberes excluyentes. Siguen profetizando en los territorios donde defienden la tierra, el agua y la vida. Siguen profetizando en las comunidades donde sostienen la memoria, acompañan a las víctimas y construyen esperanza en medio de la adversidad.
También profetizan en las iglesias cuando se atreven a leer el Evangelio desde experiencias que durante mucho tiempo fueron ignoradas. Su palabra recuerda que el Espíritu no pertenece a una élite ni habla únicamente desde los espacios tradicionales de poder.
Pentecostés continúa desafiándonos porque insiste en que la palabra de Dios puede surgir desde voces que durante siglos fueron obligadas al silencio.
Consideraciones finales
La promesa de Joel retomada por Pedro en Pentecostés sigue siendo profundamente actual. Allí donde una mujer defiende la dignidad humana, preserva la memoria, produce conocimiento, cuida la vida o anuncia justicia, la antigua profecía vuelve a hacerse presente.
Leer Pentecostés desde las hijas que profetizan nos permite descubrir que el Espíritu continúa actuando más allá de las fronteras impuestas por el poder, las tradiciones excluyentes o los silencios heredados. La cuestión ya no es si las mujeres tienen algo que decir. La cuestión es si nuestras iglesias, universidades y sociedades están preparadas para escuchar.
Porque cada vez que una voz históricamente marginada recupera la palabra, la promesa vuelve a cumplirse:
“Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y sus hijos y sus hijas profetizarán”.
Y mientras las hijas sigan profetizando, Pentecostés seguirá aconteciendo en la historia.