Por: Brayan Alvarado.
25 Iba mucha gente acompañando a Jesús. Y él, dirigiéndose a ellos, les dijo: 26 — Si uno quiere venir conmigo y no está dispuesto a dejar padre, madre, mujer, hijos, hermanos y hermanas, e incluso a perder su propia vida, no podrá ser discípulo mío. 27 Como tampoco podrá serlo el que no esté dispuesto a cargar con su propia cruz para seguirme. 28 Si alguno de ustedes quiere construir una torre, ¿no se sentará primero a calcular los gastos y comprobar si tiene bastantes recursos para terminarla? 29 No sea que, una vez echados los cimientos, no pueda terminarla, y quede en ridículo ante todos los que, al verlo, 30 dirán: “Ese individuo se puso a construir, pero no pudo terminar”. 31 O bien: si un rey va a la guerra contra otro rey, ¿no se sentará primero a calcular si con diez mil soldados puede hacer frente a su enemigo, que avanza contra él con veinte mil? 32 Y si ve que no puede, cuando el otro rey esté aún lejos, le enviará una delegación para proponerle la paz. 33 Del mismo modo, aquel de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío. (Ev. Lucas 14.25-33 BLPH)
Cada vez que hablamos de pensamiento crítico y educación financiera los bancos y el capitalismo neoliberal sienten escalofríos, un sudor frío recorre sus cuerpos y un vacío atraviesa sus almas –eso si es que las tienen–. Hoy leeremos y trataremos de explicar brevemente un pasaje que aparece en el Evangelio según Lucas 14.28-32, aunque la sección completa va del 25 al 33.
En esta ocasión mi punto de partida será la distinción vital que realiza el profesor Hans de Wit entre personas que son lectoras expertas/profesionales y lectoras comunes. Desde su experiencia menciona que, a menudo, los primeros explican mucho pero no dicen nada de la vida y las emociones de las personas. Por el contrario, los lectores comunes no desarrollan grandes explicaciones técnicas, pero sí hablan de la vida y se apropian del texto. Hans de Wit sostiene que ambas aproximaciones son indispensables en la tarea de interpretar el texto en comunidad. Esta no será una lectura como profesional, sino como lector común.
El pasaje bíblico que seleccionamos es fascinante. En un sentido práctico, parecer hablarnos de cautela, de reconocer y considerar los riesgos para evitar futuras decepciones. El relato se mueve en un marco cultural muy particular. En aquella región y aquel tiempo, el honor y la vergüenza eran algo importante, la gente se lo tomaba muy en serio. Honor y vergüenza no eran asuntos meramente individuales, sino realidades que abarcaban a la familia y la comunidad entera.
Si vemos el contexto literario, los versículos anteriores ofrecen pistas sobre algunos códigos culturales llamativos: cuando te inviten a un banquete, no tomes los lugares más importantes, sería vergonzoso que tengas que moverte (v. 7-14); cuando te inviten a una celebración, no rechaces la invitación, es deshonroso que te inviten y no asistas (v. 15-24). En ambos textos se percibe la misma recomendación de salvaguardar el honor personal y familiar. Justo después Jesús introduce el tema del seguimiento, pero no nos detendremos allí.
Por un lado, el fragmento parece ineludible: Si alguno de ustedes quiere construir una torre, ¿no se sentará primero a calcular los gastos y comprobar si tiene bastantes recursos para terminarla? Por otro, su mensaje es contundente: si no tiene lo suficiente para construir una casa, entonces ahora no es el momento para hacerlo. O bien, si cree que no tendrá lo suficiente hasta culminar con su proyecto, mejor tómelo con calma, quizás ahora no sea el tiempo oportuno. Haga una pausa. Piense. Haga cálculos. Pregúntese si tiene lo suficiente.
Lo cierto es que nuestra época sabe muy poco de pausas y cautela. El mundo actual nos abre las puertas ofreciendo oportunidades y posibilidades de inmediatez de par en par. La publicidad y las redes sociales nos seducen: cualquier objeto que se convierta en el centro de nuestro deseo puede ser nuestro hoy mismo. Para esta cultura, lo único que cuenta es el presente: disfrute hoy, construya la casa de sus sueños, viaje por el mundo, conquiste sus planes. Es la aplicación irresponsable de una frase latina que me encanta, pero que ha sido distorsionada: «carpe diem», aprovechen el momento, vivan el día, este es su tiempo.
De esa corriente barata, irresponsable y peligrosa nacen los memes que inundan las redes sociales y que seguro han visto: “Hola, soy tarjetazo; me lo merezco; para eso trabajo; Dios proveerá; la irresponsabilidad financiera me ha dado grandes anécdotas; el dinero se hizo para gastarse; soy prosperidad”, entre otros. Pero como antítesis de esa corriente, el Evangelio vuelve a decirnos: si alguno de ustedes quiere construir una torre, ¿no se sentará primero a calcular los gastos y comprobar si tiene bastantes recursos para terminarla?
Y aquí es donde me pregunto. ¿Cuántas veces hemos dejado algo inconcluso? ¿Cuántas veces no nos fallaron los cálculos? ¿Cuántas veces la vida dio un giro en la trama que nos obligó a dejar un proyecto a medias? No sé si les ha pasado a ustedes, pero a mí me ha sucedido muchas veces.
En la sociedad de Jesús, terminar los proyectos era cuestión de honor; quedarse a media, un motivo de burlas y vergüenza. Hoy me gustaría relativizar la rigidez de esos valores diciendo: no, hermanas y hermanos, no es tan fácil para todo el mundo. Nuestras realidades son complejas y no todas las personas contamos con las mismas condiciones materiales para llevar a cabo los proyectos, a algunas nos cuesta más y nos toma más tiempo. En ocasiones fallaron los cálculos, en otras la vida cambió los planes. Por eso, oramos para que la gracia de Dios ilumine nuestro camino y nos sostenga para hacer todo lo que podamos de la mejor manera posible. Amén.