Por: Arnoldo Aguilar

 

Como en el contexto bíblico, vivir la fe cristiana de manera comprometida requiere de mucho valor y mucho entendimiento. Esa dupla se torna honda necesidad cuando se pretende vivir una fe cristiana seria y comprometida frente a los males de este mundo. Parece más fácil caer en la trampa del temor, hacer silencio o reducir la fe a una celebración de culto dominical.

Esto es similar a la situación de los y las discípulas luego de la muerte de Jesús (Juan 20:19ss), cuando aparentemente cayeron en un lamentable estado de miedo. Tal era la situación que estaban reunidos en un lugar a puertas cerradas, quizás imaginando que las autoridades fueran a buscarlos para torturarlos como a su Maestro. ¿Y cómo podrían hacer frente al cruel brazo del imperio? ¿Cómo podríamos hoy hacer frente a tanta maldad y corrupción?

Es tan importante recordar el modelo de Jesús, frente al mal del mundo, siendo empoderado por el Espíritu Santo. El evangelio de Lucas señala que “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto” (4:1). Él nunca se apartó de la vida de Jesús, dirigiéndolo aún en los ambientes más hostiles sobre la tierra. Luego de ello, “Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea” (4:14). Así, tiempo después llegó a Nazaret, a la sinagoga, donde declararía “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor” (4:18-19).

La importante acción del Espíritu Santo en la vida del Maestro, es algo que él mismo reconoció y que planteó como una promesa para sus fieles. Por ello, volviendo a las situaciones de temor e incertidumbre de sus discípulos y discípulas, Jesús resucitado se presenta con una agenda oportuna:

  • Primero, para restaurar su fe: diciéndoles «tengan paz» (Juan 20:21).
  • Segundo, para empoderarlos en su misión: «Como me envió el Padre, así también yo os envío» (Juan 20:21).
  • Tercero, sopló sobre ellos diciendo, “recibid el Espíritu Santo” (Juan 20:22).

Frente al más oscuro panorama, Jesús se presenta para liberar y para empoderar a su comunidad. Él, como primicia de los que vencen a la muerte, habilita a sus discípulas y discípulos en la ardua tarea de enfrentar la maldad del presente siglo. Para ello el Espíritu Santo les empoderaría, como fue con el Hijo del Hombre, con mucho valor y mucho entendimiento, más allá de los márgenes de las capacidades humanas.

“Recibid el Espíritu Santo” la prerrogativa que encuadra en la imagen del soplo de vida que hizo del hombre “un ser viviente” (Génesis 2:7). Quizás invitando a imaginar que el ser humano pleno, lo es bajo la fuerza del viento del Espíritu, entonces capaz de discernir los tiempos y de asumir las acciones que cada tiempo demanda.

Nuevamente, desde nuestra fe cristiana ¿Cómo podríamos hoy hacer frente a tanta maldad y corrupción? Revitalizando la experiencia genuina con el Espíritu Santo, más allá de los dogmas y las tradiciones, al calor de una experiencia transformadora que empodera para continuar la misión de Jesús “dando buenas noticias a los y las pobres; sanando corazones quebrantados; anunciando libertad del cautiverio y la ceguera; liberando de la opresión y esperanzando en la gracia del Señor”.