Por: Arnoldo Aguilar
Ser iglesia es una experiencia que trasciende el mero hecho de cumplir con una membresía o asistir eventualmente a un servicio religioso; nos referimos a toda una experiencia en la que se entreteje la fe, la comunión, el servicio y el crecimiento hacia la vida plena. En este espacio breve, hacemos un acercamiento reflexivo hacia un pasaje bíblico, que si bien no se circunscribe a un ambiente de iglesia como lo conocemos hoy, sí reconoce un contexto sagrado muy importante.
En el evangelio según Marcos (14:3-9 RV60), en un ambiente célebre, mientras Jesús cenaba junto a sus discípulos en casa de un tal Simón, entre viandas y bebidas, surge súbitamente la imagen de una mujer que captó la atención de la concurrencia. Aparentemente sin previo aviso, pero con gran determinación aquella mujer se dirigió directamente a Jesús para verter sobre su cabeza un perfume muy costoso. Su dádiva fue distinta a la de quienes compartían la mesa; costosísima al punto que podía representar un enorme lujo, un derroche económico, algo inconcebible para los presentes.
En ese momento el ambiente festivo cambió, ante las miradas absortas de las personas presentes se hizo una brecha en el tiempo, se frenó el orden de lo normal. La mujer del perfume hizo una ruptura, quizás imprudente, quizás irreverente, pero movida por una fe en Jesús que llevó aquella reunión a un nivel difícil de comprender.
El sentimiento inmediato, especialmente entre los espectadores, discípulos o no, fue el de enojo e indignación: ¿Para qué se ha hecho este desperdicio de perfume? Rechazaron la acción de la oferente y emitieron un juicio lacónico sobre sus acciones. Como les faltara valor para expulsarla, murmuraban en su contra, clavando sobre ella sus miradas y gestos de reprobación. Fue rechazada, “sus acciones estaban fuera de orden”, “ella estaba lejos de lo que Dios demanda”.
Momentos turbios y desesperantes, críticos para aquella que, en el mismo lugar sagrado donde ungió al Maestro, sufrió la crueldad de sus detractores. Su acción de fe, más allá del costo económico, representaba una iniciativa profética que anunciaba el camino de la muerte y resurrección del Hijo del hombre. Pero, ¿Cómo un mismo espacio sagrado puede volverse en un espacio de rechazo, intolerancia y odio hacia una mujer?
En breve, esto nos invita a imaginar cómo, en abierta ironía, muchos lugares considerados sagrados, donde las personas procuran acciones de fe hacia Jesús, también se tornan lugares en donde el juicio, el rechazo y la descalificación se da. Nada de esto por parte de Jesús, sino por parte de quienes pretenden saber más que él y toman decisiones, supuestamente en el nombre de Dios, o en defensa de la sana doctrina, para condicionar o excluir a las o los reprobados.
Al pensar en las iglesias de hoy, ¿podemos conocer experiencias de mujeres que sufren una agónica situación similar a la de la historia bíblica? Mujeres que son parte de una comunidad de fe, que con fe hacen lo que pueden, lo que saben o lo que entienden, pero que son sometidas bajo la sospecha, el juicio o la admonición de otros. En muchos casos sin argumentos de peso más que por el hecho de ser mujeres, por su apariencia física o por tener una perspectiva diferente.
Desde el ministerio pastoral, somos conscientes que la mayoría de personas que integran nuestras congregaciones, las más laboriosas, las más fieles en su asistencia y en su devoción son mujeres. A riesgo de simplicidad, podríamos afirmar que muchas de nuestras iglesias son principalmente iglesias “de mujeres”, a las que se añaden el resto de familiares. No obstante, como en el caso de la historia bíblica, no siempre las iglesias son espacios en donde las mujeres encuentran un espacio digno y seguro. Amén de las honrosas excepciones, aún hay mujeres que buscando a Jesús en una iglesia se han encontrado con un muro que les perturba.
De regreso en el pasaje bíblico, como la mujer se mantuviera en silencio, probablemente porque nunca imaginó la intensidad del rechazo en su contra, Jesús salió a la palestra con un rotundo ¡déjenla!, ¿por qué la molestan? ¡Ella ha hecho una buena obra!
Jesús aprovechó aquella coyuntura para evidenciar la estrechez de la visión y del corazón de los presentes. Lo que la mujer hizo, con lo que tenía, fue lo que muchos no lograron entender o hacer con respecto a la muerte y resurrección de su Maestro. ¿Acaso por ser mujer no sería guiada por el Espíritu de Dios? lo que hizo no fue un despilfarro, fue un acto genuino en donde la adoración realmente reconoce el valor (no el precio) del sujeto adorado.
Para nuestro tiempo, a muchos de nosotros, como ministros de la Palabra de Dios, como líderes de iglesias, como “sacerdotes de nuestra familia”, nos sienta muy bien un poco de la amonestación de Jesús: ¡déjenlas!, ¿por qué las molestan?
Porque en la actualidad hay mujeres como aquella, que no están en un espacio sagrado para ser puestas bajo el juicio atroz de las mentes oscuras, sino para asentar una lección que todo el mundo debiera imitar. Es urgente reconocer sus buenas obras, su calidad humana y su fe, luego construir en unidad un modelo de comunidad de fe, de iglesia, en donde toda persona pueda expresarse, ejercer sus dones y caminar hacia la vida plena.
Tan relevante sería aquella experiencia de la mujer del perfume, que, según Jesús, acompañaría el mensaje de las Buenas Nuevas del reino de Dios en cualquier lugar donde los grupos humanos necesitaran aprender a vivir como una comunidad de fe. No se olvidaría, se recordaría, se presentaría como un referente para advertir sobre la amplitud de la gracia de Dios en y para todas las personas que creen en Jesucristo.
La sacralidad de la iglesia, como cuerpo de Cristo, reconoce la libre acción del Espíritu en, sobre, y por medio de quien el Espíritu quiera manifestarse para edificación de toda la iglesia (1 Cor.12). Si ese es el mismo Espíritu que hoy configura la iglesia, ¡No debiera de haber hoy otro lugar en la tierra en donde una mujer, una anciana, una madre, una joven, una niña o cualquier otra persona puedan sentirse tan seguras, tan amadas, tan valoradas, tan empoderadas y tan respetadas como en la iglesia de Jesucristo!