Por: Arnoldo Aguilar B.
Para que la Iglesia exista necesita ser esencialmente generada, nutrida y guiada por el Espíritu Santo. Tiempo después vendría el pensamiento teológico, las jerarquías eclesiales y las estructuras doctrinales, pero en esencia, la Iglesia de Cristo es el resultado de la acción del Espíritu Santo.
Hacia el Nuevo Testamento, especialmente en los escritos de San Lucas, la referencia al Espíritu Santo es muy recurrente, tanto en la vida y ministerio de Jesús como en la vida de quienes siguieron su misión, constituyendo la Iglesia del primer siglo. En ese entonces, había otros movimientos religiosos, diversos trasfondos culturales, pero surgió la Iglesia como un nuevo movimiento, matizado por diferentes expresiones, pero que se distinguía por ser una comunidad del Espíritu Santo. Es decir, una comunidad alternativa, sin templo, sin maestros elocuentes, sin sacerdotes intermediarios, pero una comunidad «de retorno» al Espíritu Creador.
El libro de Hechos capítulo 2 refiere el clímax de aquella comunidad que veía materializarse en ella el misterioso anuncio de los profetas. Ahí también los seguidores y seguidoras de Jesús mostraron su obediencia y fe a la orden que su Maestro había hecho sobre la espera en la «promesa del Padre» (Hechos 1:4-8). El lugar del aposento alto, en pleno día de pentecostés, fue el escenario en donde aquellos hombres y mujeres vivieron la llenura del Espíritu Santo.
San Lucas enfrentó la difícil tarea de describir, entre metáforas y símiles, aquella experiencia comunitaria. Las lenguas, el fuego, el viento, el temblor, solo eran signos preparativos de lo que debía iniciar en una revolución; una comunidad distinta y profética ante el mundo. No fue una experiencia enajenante, no un éxtasis placentero en la individualidad fue una experiencia de discernimiento bíblico e histórico (Hechos 2:16,25,38,40), una experiencia de construcción de relaciones justas (Hechos 2:42-47), el nacimiento de “la comunidad del Espíritu”.
Hoy es importante entender Pentecostés, pero entender desde la Escritura y la acción del Espíritu en la historia, y no solo desde las experiencias o visiones aisladas. No podemos conformarnos a pensar que el poder del Espíritu, tan integral y orgánico, se limite a una celebración litúrgica o una experiencia personal aislada. Pentecostés nos llama a vivir el encuentro con Dios Espíritu Santo, en la restauración de toda la creación. Nos llama a la transformación integrando una Iglesia constructora del reino de Dios. Esa comunidad dinamizada por el Espíritu para replicar en todo lugar y circunstancia el mensaje de esperanza, vida y justicia que proclamó Jesucristo: “pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8).